Gran Madre
(126) Y primero parió Gea (Tierra) a su igual en grandeza, al Urano estrellado, con el fin de que la cubriese por entero y fuese una morada segura para los Dioses dichosos. Y después parió a los Oreos enormes, frescos retiros de las divinas ninfas que habitan las montañas abundantes en valles pequeños; y después, el mar estéril que bate furioso, Ponto; pero a éste lo engendró sin unirse a nadie en las suavidades del amor. Y después, concubina de Urano, parió a Océano el de remolinos profundos, y a Coyo, y a Críos, y a Hiperión, y a Yapeto, y a Tea, y a Rea, y a Temis, y a Mnemosina, y a Feba coronada de oro, y a la amable Tetis. Y el último a quien parió fue el sagaz Cronos, el más terrible de sus hijos, que cobró odio a su padre vigoroso.*

La intención de dejar una huella es un hecho antropológico tan decisivo como la conquista de la posición erguida o el dominio del fuego. Para construir o decorar un objeto no limitándose a la utilidad de la pura función es preciso dedicar tiempo, energías, instrumentos, materiales: ningún otro animal lo hace. Gracias al aflorar de la conciencia artística, podemos comprender con gratitud y orgullosa ternura que nosotros, hoy, descendemos de aquellos cavernícolas que sintieron el deseo de tallar un bastón, de dejar la huella de una mano dentro de una caverna, de grabar garabatos en un hueso descarnado. La intervención primordial pero consciente del artista ha otorgado a estos objetos un sentido nuevo y diferente, cargado de valores intensamente, profundamente, exclusivamente humanos. La exigencia de lo “bello” une a todas las épocas y latitudes, mostrando una inalterabilidad de sentimientos sin distinciones, conmovedor rasgo de identidad para toda la especie humana.
Establecido que una obra de arte, como una composición poética o musical, puede ser leída de muchas maneras diferentes y que no existe una única línea de interpretación “correcta” sino significados que se entrelazan y se combinan, potenciándose mutuamente, una de las hipótesis que se pueden plantear en la tentativa de acercarse críticamente a la obra de Fabrizio Pesci es considerarla como un salto temporal al pasado remoto de la Historia. Viajero infatigable en la vida, el artista parmesano “viaja” incansablemente también en el arte y con una actitud típicamente posmoderna, es decir, acostumbrada a pasar indiferentemente de lo lejano a lo cercano, del pasado al presente, de lo antiguo a lo contemporáneo, transmite, recodifica y por fin restituye a la posteridad la herencia de quien nos ha precedido a lo largo de los milenios. Un antepasado nuestro amasaba calcita, óxido de hierro, arcilla, ocre rojo para evocar en las paredes de una caverna cazas fabulosas, peligros evitados, esperanzas de fertilidad; Fabrizio estratifica madera, enlucido, yeso y color acrílico hasta obtener, casi queriendo citar/re-evocar, la matericidad ancestral de la roca de una cueva o de un coloso de piedra megalítica, manifestando así una necesidad irracional de regreso a los orígenes de regeneración atávica. No obstante, el valor de testimonio antropológico por comunicar, que emerge de las profundidades de la poética de Fabrizio Pesci, es solamente uno de los componentes de su obra: no menos importante, o mejor dicho, decisivo, es el aspecto de la libre creatividad personal.
De hecho, es esencial no despojar las obras de Pesci de su concreción de objeto sensible, considerándolas como puras y casi inmateriales manifestaciones del espíritu. El aspecto material reviste una importancia central, ya que en la obra de arte lo que se desea hacer comprender pasa a través de lo que se ve: el objeto, el medio expresivo, el material y el estilo. Por consiguiente, tomando en consideración el tema privilegiado por el artista, la figura femenina, se descubre que no sólo la estratificación técnica sugiere un diálogo entre lo antiguo y lo contemporáneo, sino que también el plano de la representación insiste en esa dirección.
En efecto, la mujer “encierra en sí fertilidad y sustento, es generadora de vida, es Madre Tierra” escribe el artista en una serie de reflexiones personales sobre su propia obra que nos autorizan a nosotros, destinatarios, a imaginar comparaciones directas con antepasados ilustres como, por ejemplo, las Venus paleolíticas de Willendorf o de Brassempouy.
Además, la representación del cuerpo femenino, sometida a un proceso de abstracción acentuado por el nítido contraste entre la figura (roja, ocre) y el fondo (azul), es dada siempre por sinécdoque. El mismo Pesci proporciona explicaciones al respecto: “El rostro representado parcialmente” aclara el artista, “disocia la mente del cuerpo creando misterio sobre la identidad del sujeto, tal y como es el parte misteriosa la Historia de la Tierra y de sus habitantes al origen de los tiempos”. Por último, para concluir con el plano de la representación, no hay que olvidar que las decoraciones que a menudo acompañan la imagen son el fruto de la frecuentación de simbologías estudiadas durante verdaderos grand tour que el artista realizó a algunos de los más interesantes sitios prehistóricos de Irlanda y Bretaña. En definitiva, ésta es la belleza y la dificultad de la obra de Fabrizio Pesci: reinterpretar fenómenos colectivos conjugando una marcada sensibilidad y creatividad individual de artista. Sin aflojar el vínculo con la historia, Pesci nos lleva a advertir una dimensión humana más alta, un horizonte que nos pertenece, más allá de las barreras del espacio y del tiempo.

20 de agosto de 2009
Enrico Sgarbi


Download: Curriculum Vitae Fabrizio Pesci (ITA)


1 HESÍODO, Teogonía, edición bilingüe, a cargo de Graziano Arrighetti, BUR, Biblioteca Universal Rizzoli, colección Clásicos griegos y latinos, 1984.


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